Mi papá fumó desde los 14 años, y la factura le llegó a sus 70.
Antes de recibir el diagnóstico de los doctores, al verlo en el hospital me pasó algo muy extraño: sin buscarlo, toda mi relación con él empezó a pasar por mi mente como flashes de una película. Eran recuerdos, sobre todo de mi infancia, los que más atesoraba… incluso algunos que creía olvidados.
Esta experiencia fue muy distinta a otras veces en las que había enfermado. Empecé a sentir que esta vez sí se iba a ir. Después, los doctores lo confirmaron: tenía poca expectativa de vida. Hablaron de un año… pero en realidad fue menos de un mes.
Llegó el día en que me pidieron que fuera rápido a su casa porque se había puesto mal. Cuando llegué, ya había muerto. Sentí una impotencia profunda, de esas que duelen en todo el cuerpo, por no haber podido hacer nada.
En medio de su pérdida, comencé a darme cuenta de que seguía sintiendo a mi papá presente en mi vida, pero de otra forma. Empecé a hablarle en mi mente, imaginando lo que me respondería, y poco a poco dejé de ponerle filtros a esas conversaciones, aunque me tomó tiempo llegar a eso.
A veces sueño con él, y me dice cosas que se sienten tan reales al despertar. También busco acercarme a sus lugares favoritos, como su rancho, convivir con la gente más cercana a él, y conservo algunas de sus pertenencias más queridas. Sus camisas aún huelen a él, y trato de mantenerlas intactas.
Y hay algo más: hay rasgos innegables que aprendí de él, cosas que veo en mí y que me hacen sentir que, de alguna manera, sigue aquí… muy cerca.