Había una vez una niña que le gustaba mucho jugar, reír, imaginar y querer ser fuerte.
Pero había días en los que todo pasaba al mismo tiempo y sentía que no podía con todo.
En esos días, la niña sentía algo raro por dentro. No era tristeza exactamente. No era enojo del todo. Era como si muchas cosas se juntaran dentro de su cuerpo y ya no cupieran bien.
A veces lo sentía en la panza.
A veces en el pecho.
A veces en la cabeza.
Y a veces en todo el cuerpo.
¿Alguna vez has sentido algo así?
¿Dónde lo sientes tú en tu cuerpo?
Un día, alguien grande se sentó con ella y le dijo:
—Cuando todo pasa al mismo tiempo, no necesitamos hacerlo todo. Solo necesitamos parar un poquito.
La niña pensó en eso.
La siguiente vez que sintió que todo pasaba al mismo tiempo, probó algo nuevo.
Puso una mano en su pecho y otra en su panza y respiró despacio.
Inhaló contando hasta tres.
Exhaló contando hasta tres.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
El sentimiento no se fue del todo, pero ya no estaba tan apretado.
¿Quieres probarlo conmigo ahora?
Otro día, cuando volvió a sentir lo mismo, la niña dijo en voz alta: —Todo está pasando al mismo tiempo.
Y decirlo la ayudó a entender lo que sentía.
A veces le salía bien. A veces se le olvidaba. Y a veces necesitaba ayuda.
Pero poco a poco, la niña fue aprendiendo algo importante:
Cuando todo pasa al mismo tiempo, puede parar un poquito, respirar, y pedir ayuda.
Cuando tú sientes que todo pasa al mismo tiempo, ¿qué crees que podría ayudarte?
Dibuja cómo se siente tu cuerpo cuando todo pasa al mismo tiempo.
Ponle un nombre a ese sentimiento.
Practica la respiración una vez al día, aunque estés tranquila.